cafe

Autora: Cristina Castillo, consultora senior, formadora, tutora y ponente

8 de la mañana. El jefe acude a la máquina de café que tenemos cerca de recepción. A partir de ahí sabemos que vamos a necesitar toda la gestión emocional del mundo para que lo que está a punto de ocurrir nos afecte lo justo. Ojalá que nada.

La acción que viene después es su paseo por cada una de las mesas, sin prisa, con deleite en nuestra mirada, cuando la encuentra, y sorbiendo traguitos pequeños. No se atraganta nunca y siempre, tras su pequeña inspiración de cafeína, regala la siguiente frase: «¿piensas vender algo hoy?»

Acto seguido, después de esa siembra de motivación sin límite, acude a su despacho y cierra la puerta, sabiendo que esa dosis de poder, además de la de cafeína, son el punto de partida necesario para empezar un día con la convicción de que un jefe necesita ver resultados y estar muy despierto para verlos mientras, como no, despierta a los demás. O eso cree.

Visito a todos mis trabajadores y les recuerdo quien es aquí el ‘líder’ con la frase más potente que se me pasa por la cabeza, no para saber cómo están o para desearles un día maravilloso, sino para recordarles la misión principal y única por que la que están aquí: vender. A este ritual lo hemos bautizado como el paseo del café. A lo que provoca el paseíto, «una patada en toda regla a la experiencia del empleado«.

Mientras él se va dando cuenta de lo que su acto inconsciente cargado de consecuencias genera en nosotros, o eso espero, a mi me da por pensar qué es lo que me gustaría encontrarme en las personas que dirigen equipos y cómo, desde ahí, podríamos mejorar la experiencia del empleado en este país, que falta nos hace.

  1. Sentir que confían en mí. Soy consciente de que la consecución de objetivos es vital para toda empresa y que, para ello, necesitamos establecer acciones que nos ayuden en la obtención de esos resultados. Pero claro, ¿cuál es la intención de darme constantemente instrucciones de lo que tengo que hacer? Porque una cosa es proponer pautas de acción para lograr el fin, y otra muy distinta es hacerlo para calmar los miedos e inseguridades de quien las plantea. Cuando planteamos directrices comunes, me siento parte de un proyecto, cuando me dices lo que tengo que hacer constantemente, incluso para recordarme quien eres, me siento fuera del mismo.
  2. No soy un instrumento. Soy una persona con necesidades de humano, entre ellas las de pertenecer y aportar. Cuando el objetivo ocupa el espacio protagonista, las personas que lo alcanzan se convierten en secundarias y de ahí, la desconexión con el sentido que puede tener nuestro trabajo. La presión como herramienta clave y su manera de ser expresada marcan una distancia crucial respecto a la motivación e implicación del empleado. Háblame bien y dime que te importo. Desde ahí, te puedo asegurar que los resultados serían otros.
  3. Cuidar las formas. Tener claro hacia dónde queremos llegar deja de tener sentido cuando la manera que tenemos de comunicarlo no es tenida en cuenta. A las personas, además de pertenecer y de aportar, nos gusta sentir que somos importantes y útiles. Comunicar de manera consciente significa darse cuenta de que nada de lo que decimos es inocente y que vertemos en la persona que tenemos delante una serie de sensaciones y emociones que van a marcar una trayectoria de relación y una actitud determinada. A más cuidado en el cómo, mejor actitud para el qué.
  4. Véndeme un proyecto capaz de unirnos a todos y déjame que participe en él. Cuando ponemos en común los valores que ambos tenemos, mi motivación crece. Cuando siento que, además de vender lo que la empresa ofrece, participo desde acciones en mejoras que nos mejoran a todos, aparece en mí un sentimiento de orgullo que, puedo asegurarte, nos va a proporcionar mejores resultados que la mejor de las presiones.
  5. Jefes conscientes. De nada sirve el máster en Harvard y hablar ocho idiomas si luego se nos olvida que el humano es material altamente sensible y que comunicar desde el «tú me importas» es esencial. Promover la confianza en el equipo, la responsabilidad de cada uno a través de la participación y un espíritu de suma a través de un proyecto capaz de unir a todas las personas del mismo, es clave. Para ello, con darnos cuenta de que lo que hacemos tiene un impacto y cuestionarnos qué impacto tiene en las personas de nuestros equipos, hemos recorrido una parte del camino hacia la mejora.

Soy consciente de que en cada uno de nosotros está la responsabilidad de mejorar nuestro entorno de trabajo y mejorar la experiencia que vivimos cada día. También de que nuestro entorno influye y que, cuanto mejor sea, mejores somos. Que esta reflexión sirva como punto de partida hacia un día donde nuestras empresas sean ejemplo de personas que tratan bien a personas y de logros compartidos a través de lo mejor que cada uno llevamos dentro. Mientras tanto, ojalá que el paseo del café sea desde un «¿qué tal te ha ido?» o «cuenta conmigo para lo que necesites».

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Cristina Castillo

Imágenes del artículo: Foto de Nathan Dumlao en Unsplash